El coraje de ser vulnerables
Un niño jugando se cae y llora, su madre amorosamente se acerca y lo protege. Junto con el dolor aparece también el cuidado.
Nos enfermamos y manifestamos malestar físico y emocional. Mientras nos sentimos enfermos anhelamos más que cualquier otra cosa recuperar nuestra salud. Incluso pensamos en que si volvemos a recuperar nuestra salud no necesitaremos nada más para sentirnos felices. Junto con la enfermedad aparece también, el valor de sentirnos bien y recuperar la paz.
Un ser querido fallece y nos sentimos tristes y vulnerables, reconocemos que la persona que partió deja un espacio vacío en nuestras vidas, y al mismo tiempo sentimos que esta vida es demasiado breve y valiosa como para vivirla con trivialidad.
Dolor, enfermedad y muerte… tres experiencias que nos permiten tocar nuestra vulnerabilidad y sentirla como parte central de nuestra condición humana.
La vulnerabilidad es un territorio que puede parecernos agreste y lúgubre, y sin embargo esta repleto de riquezas esperando ser reveladas: nuestra compasión, nuestra capacidad de empatizar y acompañar a los demás, nuestra capacidad de estar plenamente presentes depende, en gran medida, de reconocer nuestra condición humana y vulnerable, pues a partir de ese reconocimiento tenemos la posibilidad de ser genuinos y de permanecer con el corazón abierto.
Gracias a la práctica de mindfulness podemos reconocer y no negar nuestros dolores, abriendo un espacio de aceptación para aquello que nos está ocurriendo.
Optar por no huir del dolor ni tampoco exagerarlo dándonos el tiempo, el espacio y la calidez que necesitamos sentir, reconociendo nuestra vulnerabilidad.
Entrar en contacto con nuestra vulnerabilidad requiere de coraje. Es más fácil negar y o desconocer nuestra sensibilidad privilegiando la imagen de tener una apariencia sólida y fuerte. Sin embargo, si taponamos la entrada a nuestra vulnerabilidad,también nos privamos de conectar con la fuente de lo que nos vuelve humanos, el amor, la compasión y el cuidado que naturalmente brotan de ser seres sintientes.
Contactarnos con nuestra vulnerabilidad implica realizar un ejercicio de honestidad, asumir riesgos, y enfrentar el temor a ser dañados. Al entrar en contacto con lo que nos hace vulnerables, también lo hacemos con lo que nos hace sensibles y empáticos.
Entrar en contacto con nuestra vulnerabilidad nos permite conectar también con nuestra humanidad compartida. Al ver nuestras ansiedades, miedos y vergüenzas, vemos también que compartimos estos sentimientos con todas las demás personas y, por ende, esta vulnerabilidad, más que separarnos de los otros nos brinda una oportunidad única de conectar a un nivel profundo con los demás desde nuestras necesidades primarias.
En lo personal, pocas veces me he sentido más cercana y conectada con alguien que cuando he logrado expresar mis sentimientos de vulnerabilidad. Cuando me he sentido triste y confundida y, en una relación de intimidad y aceptación, alguien me ha escuchado y acogido mi vulnerabilidad, se ha forjado un vínculo de amor fraterno. Cuando compartimos nuestra vulnerabilidad conectamos de manera sutil y profunda con la fuente de lo que nos hace humanos.
Reconocernos vulnerables no es lo mismo que sentirnos débiles, y esta confusión puede llevarnos a no aceptar quienes somos y a querer ocultar nuestra condición vulnerable. La debilidad está asociada más bien a una actitud temerosa, de huida y no de afrontamiento ante la experiencia. En cambio, entrar en contacto con la propia vulnerabilidad requiere de coraje, aceptar que no somos ni supermujeres ni superhombres, sino más bien seres humanos, sensibles, complejos y contradictorios; y que en lo profundo anhelamos sentirnos cuidados y queridos.
La vulnerabilidad esta asociada a nuestra sensibilidad, a reconocer en nuestra experiencia que somos seres transitorios e impermanentes, que sufrimos, nos enfermamos, nos decepcionamos, sentimos vergüenza y también, en última instancia, que moriremos.
Nos hacemos un flaco favor si gastamos nuestro valioso tiempo y energía ocultando nuestra vulnerabilidad, aparentamos ser más fuertes de lo que somos. Podemos tomar la decisión de tratar compasivamente nuestra vulnerabilidad y al abrazar nuestros dolores entender que los demás están en un camino similar al nuestro, cada uno con sus propias miserias y alegrías, y cada uno buscado conectar íntimamente. Acogiendo y valorando nuestra vulnerabilidad podemos abrirnos de corazón a la humanidad compartida. Sólo habiendo tocado y abrazado nuestro sufrimiento y nuestro amor propio, podemos abrazar el sufrimiento y el amor de los demás.
